¡Bienvenidos!

Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando por mi viejo dolor como las yedras. Trepan así por las paredes húmedas. Eres tú el culpable de este juego sangriento.


sábado, 26 de noviembre de 2011

La mitad de la mitad. Risto Mejide.

Paula abrió la puerta de su casa y se dirigio a la cocina para dejar la compra. En cuanto dejó la ultima bolsa notó algo extraño, como si las cosas hubiesen decidido reagruparse de manera distinta para llamar su atención. Con la intención de confirmar sus sopechas, se dirigió al salón, y efectivamente lo entendió todo.
El piso estaba semidesértico. Era como si le hubiera robado la mitad de casi todo. Quedaban la mitad de libros, la mitad de los cd's, la mitad de las películas, la mitad de su vida. La otra mitad se la había llevado el, aprovechando su ausencia.
Paula se sentó en su mitad del sofá y contempló lo vacía que había quedado la otra mitad de su existencia. Y se volvió a preguntar por qué nos empeñamos en llenarla siempre con otra persona. Por qué llevaba años empalmando una pareja con otra. Por qué de todas las cosas difíciles e importantes que había que aprender a lo largo de estos años, nunca figuraba en la lista la asignatura pendiente de estar sola.
Otra vez a desilusionarse, otra vez a perder las ganas, otra vez a olvidarse de los hombres, a reírse de ellos con esa risa que bien podría confundirse con llanto. Otra vez a recuperar la ilusión, otra vez a creer que será diferente. Otra vez a emocionarse con algo distinto y otra vez a vivir una mentira. Otra vez a descubrirla, otra vez a desengañarse. Otra vez a quitarse media vida, otra vez a quedarse sola en su medio sofá.
Como si de una venganza de cínicos se tratara, Paula había comprobado que su corazón era siempre divisible por la mitad. Y luego por la mitad de la mitad. Y después por la mitad de la mitad de la mitad.
Y así infinitamente. Pero de lo que nadie le había advertido es de que, cada vez que lo dividimos, los sentimientos que puede albergar nuestro corazón son mas pequeños.
Y eso era justamente lo que le estaba pasando a Paula. Que siempre que se enamoraba quería con todo el corazón, sí, pero con todo el corazón que le quedaba. Esa era la parte que nunca nadie le preguntó. Me quieres, sí, pero con cuánto.
Paula cogió los condones de una de las bolsas del súper, se digirió a su medio dormitorio y abrió el medio cajón del desconsuelo, la parte de su mesilla que solo se abría en caso de emergencia: allí guardaba la desesperación de los intermedios: un folleto de un banco de esperma y un consolador. Pero también los paquetes de kleenex.
Fue entonces cuando dibujó una media sonrisa y se enjugó la mitad de todas sus lagrimas.

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