¡Bienvenidos!

Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando por mi viejo dolor como las yedras. Trepan así por las paredes húmedas. Eres tú el culpable de este juego sangriento.


domingo, 26 de febrero de 2012

Entonces vienes


Entre la multitud vienes, sigiloso
a veces como un huracán lánguido e inerte
otras como un impredecible compás,
en ocasiones vienes como un destello inusitado,
hinchado de risa


a veces semejante, con pasos abatidos
pero siempre tuyo:
dueño de esa mirada reflexiva y azul
que es tu propio sol
y a veces mi sombra.

Pero siempre inesperadamente
a salvarme,
cuando me he perdido
cuando cae la lluvia azul
cuando la ciudad me aprieta el corazón

a desaguar la rutina
a volverme loca


cuando el grito seco enmudece en mi salón
cuando los muebles de la piel desbaratan mi casa
cuando ninguna de las voces que crecen en la plaza es la tuya
cuando no consigo hacerte rabiar

vienes, cuando me da por perseguir espejos,
por buscarme en cualquiera, 

o buscarte ¡qué se yo!

cuando me he perdido
cuando cae la lluvia azul
cuando la ciudad me aprieta el corazón.

"LO MISMO Y LO CONTRARIO" BENJAMIN PRADO

"Hay verdades sin límite
y hay cosas que se acaban:
los ríos son Machado;
yo te amé a tumba abierta;
los alacranes brillan a la luz de la luna
y después son, de nuevo, venenosos y oscuros.

Es así, tan sencillo.

Luchar por las cenizas es renunciar al fuego.
Una palabra dicha es un pájaro que vuela.
Tu muerte está debajo de mi piel
lo mismo que un insecto en un vaso volcado.

¿Qué más puedo decirte?
Que yo te amé de norte a sur,
sin fondo,
con uñas y con dientes,
sin secretos,
sin trampas.
Que no he querido oír una vez más tu voz,
ni mirar nuestras fotos,
ni verte acariciando con tus dedos azules
a los perros que comen las sombras de tu vida.

Yo sólo quiero oscuridad y humo.
Yo he venido a decir que te he olvidado,
que volveré a olvidarte cada día,
cada uno de los días de mi vida"

LO MISMO Y LO CONTRARIO
(Benjamín Prado) 

martes, 21 de febrero de 2012

Isla

Compañero del cielo,
hoy igual que ayer
no ha salido el sol en la Isla Negra,
a veces pienso que me llegaré a dormir esperándote.
Ojos de luz, y tan oscuros.

Te confundías con el viento en la Isla
transparente y ágil,
a pesar de todo fue mi culpa:
yo no supe respirarte
y puede que jamás vayas a volver.

Sé que lo mejor de mí siempre ha sido
poder tocarte y darte vueltas
como un cometa alegre,
aunque a veces solo me quedaba
un abismo, un brusco movimiento

Mentiría si dijese que no tengo nada para darte
eso es cosa de necios,
yo tengo todo aquí guardado:
las manos dulces en mi recuerdo
el material extraño que ha forjado tu voz
hasta la primera canción que me hizo volar.


Tengo también tu boca acercándose
con un olor afónico que no es de nadie,
la luz intensa de tu cama
y la imaginación que te hacía quererme,
por un momento.

Divido tu cuerpo en dos porciones:
dos paraísos azules y profundos
porque hace tiempo fuiste mar, yo lo sé
y antes que yo, otros encallaron en tu costa.

Como alzan el vuelo mil gaviotas nacaradas
sobre las playas, y se elevan
es en tu piel blanca
donde juegan los niños con la arena.

Era la noche del fuego
tus manos ardían soñolientas
¿Me echarás de menos?
lo que me aprieta tan fuerte
es el poder quieto del que ha sido enmudecido
por lo que jamás logró.


*La Isla Negra hace referencia a una de las casas del escritor Pablo Neruda en Chile, situada en Isla Negra, región de Valparaíso, que compartía con su esposa, Matilde.
Te esperé como se espera el invierno:
con las manos heladas
cerca de la luz y de la tierra húmeda
con el corazón encogido.

Te esperé por las branquias de tu respiración inmóvil
por las calles de nadie y las esquinas sin pulso,
convertida en almohada
detrás del silencio
cuando la piel se apaga y se quema tu voz.

Te esperé escondida, desordenada, expectante
mientras andas despistado por las habitaciones
hecho de lacerantes placeres
destruidos a la mínima injerencia,
y recuperados tan pronto
como un fantasma: tan breves y blancos

Te esperé con un reproche mudo en los bolsillos
cada cuatro de diciembre
perdiéndote entre gente que no te conoce
con más prisa que el tiempo

Te esperé, vacilante, abrazada a un acantilado
quemando fotografías de una sombra
convertidas en el corpúsculos
que no supieron asumir su equilibrio.

Te esperé por encima de las mentiras,
de la vanidad y de las tardes de domingo,
por la ilusión y la esperanza recuperadas
a medias, en tu cuerpo, y tan completa
siempre dividida entre la intención y tu distancia,

Te esperé, por si regresaba con mis dudas a llamarte
por oírte hablar con tus palabras diferentes,
que son sólo tuyas, segmentadas en caminos
edificadas en la desolación de un nombre escondido.

Te esperé despierta, helada
cada noche de arrepentimientos,
con rencor o sin él ¡qué importa!
proyectando la silueta de tus ojos desnudos
observándome, por un instante
y haciéndome olvidar cualquier desplante.

Te esperé, tras haberme ido mil veces,
por no decirte “hasta aquí hemos llegado, me voy”
porque detrás de eso solo me queda el invierno
y mis ganas gritando como locas,
contrariadas.

Te esperé, te esperé en las tormentas de aquel verano asonante
apoderado de estaciones vacías
cansada del vértigo de tus botas
pero siempre dispuesta a saltar al precipicio.

También intenté buscarte entre la ropa
de alguna maleta extraviada
pero no estabas, así que escribí tu silencio
y dibujé canciones de anestesia
inyectadas de pudor y guerra fría.


Te esperé, en resumen, como se espera el invierno
por la vida y las autopistas, como un objeto perdido
de nadie y de todos
al borde de un mañana sobresaltada por la duda.

Te esperé,
Te esperé siempre.