¡Bienvenidos!

Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando por mi viejo dolor como las yedras. Trepan así por las paredes húmedas. Eres tú el culpable de este juego sangriento.


domingo, 13 de noviembre de 2011

La lluvia

Te recuerdo en el viento azul de la estación
-despeinado-
cargado de lluvia y trémulos días en los ojos
como un gigante nos aplastó la tristeza
duro de reservas tus labios, tan ebrios de pretérito.

La lluvia reposaba en el tejado y te cubriste en una esquina
desmoronándose las ruinas desnudas sobre tus manos
vacilando si acercarte, con la voluntad apretada
o coger el próximo tren, definitivamente.

Un frío plateado se apoderaba de tu aliento
y congeló las palabras que nunca nos dijimos,
ahora distantes, como un cerro lejano,
uno en frente del otro, sin decirnos nada
sorteando los rayos que lanza el tiempo y la rutina.

Levantaste la mirada húmeda, reverdecida
y el viento recortaba vastas siluetas:
era la distancia insalvable que libera nuestros cuerpos.
Sólo nos contemplaba la lluvia, fugitivo líquido suspendido en el aire, 
dividido de sueños, narrador de mil historias erráticas

Un fuego cruzó por tu rostro antártico
-inmóvil y sereno-
como el que acecha la visita de llagas venideras
y tira el ancla que sujetan dos montañas,
la mitad de lo que callas, eso es mío: regalo disperso
resquicio de lo que una vez tuvimos y mataste.




Hechos jirones el cielo y la vida, sin dejar ni un resto
-desgranado-
se acogió el rencor en tus botas rotas, trotamundos de viejos caminos 
y subiste a aquel tren, como una excavadora, sin dejar ni un rastro
saltando en los charcos y salpicándome de recuerdos vaporosos.

Es esta misma lluvia, la que acabó con nosotros,
es esta misma lluvia, la de ahora
en la que nos recuerdo golpeando el abandono.




Es esta misma lluvia, 

la que me empapa 

de ti.

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