¡Bienvenidos!

Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando por mi viejo dolor como las yedras. Trepan así por las paredes húmedas. Eres tú el culpable de este juego sangriento.


viernes, 29 de julio de 2011

La gente que me gusta. Mario Benedetti

Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace.
Me gusta la gente con capacidad para medir las consecuencias de sus acciones, la gente que no deja las soluciones al azar.
Me gusta la gente justa con su gente y consigo misma, pero que no pierda de vista que somos humanos y nos podemos equivocar.
Me gusta la gente que piensa que el trabajo en equipo entre amigos, produce más que los caóticos esfuerzos individuales.
Me gusta la gente que sabe la importancia de la alegría.
Me gusta la gente sincera y franca, capaz de oponerse con argumentos serenos y razonables a las decisiones de un jefe.
Me gusta la gente de criterio, la que no traga entero, la que no se avergüenza de reconocer que no sabe algo o que se equivocó
Me gusta la gente que, al aceptar sus errores, se esfuerza genuinamente por no volver a cometerlos.
 Me gusta la gente capaz de criticarme constructivamente y de frente, a éstos les llamo mis amigos.
Me gusta la gente fiel y persistente, que no desfallece cuando de alcanzar objetivos e ideas se trata.
Con gente como ésa, me comprometo a lo que sea, ya que con haber tenido esa gente a mi lado me doy por bien retribuido.

Mario Benedetti

lunes, 25 de julio de 2011

Podría, pero no.

Podría decir que me gustan tus ojos, que me gustan tus manos, y tu pelo marrón y tu espalda, y tus pecas, y tu forma de sonreír cuando algo te llama la atención. Podría decir que me gusta cómo andas, cómo te haces el despistado y cómo te enfadas cuando no estás de acuerdo con algo. Que me gusta tu nariz y tus lunares, y tu cama y tu calle y tus besos. Podría decir lo que todo el mundo dice y darse por concluido. Podría enumerar y describir al más mínimo detalle cada pequeña característica de cada pormenor que hace que tú seas solamente tú, y no te parezcas a nadie más. Podría hacer todo eso, pero flaquea si tenemos en cuenta otros tantos factores, como que fue en tus ojos dónde aprendí que mirar no es lo mismo que ver, que fue contigo con quién supe el verdadero significado de tener ganas, que en tus manos quise vivir y deshacer la tienda de campaña por una vida entera. Que en tu pelo descubrí mi mejor escondite, por si algún día llegaba la tristeza. Que contigo aprendí a degustar la vida y que cada esquina puede llevar nuestros nombres. Que en tu cama entendí que un sueño no puede superar nunca la realidad de tenerte al lado. A pesar de haber viajado lejos, de haberme perdido por calles extrañas,  no entendí el verdadero significado de la distancia hasta que te tuve a mi lado y supe que jamás podría tenerte. Que fue con tus gestos, con tus maneras, con tu forma de revolotear en las habitaciones, con tu forma de hablar, de indignarte, de mover las manos, de llevar la razón, de discrepar, de arrepentirse, de jugar a exprimir la vida, cuando supe que cualquier lugar sería mi casa si tú estabas a mi lado. El sonido de tu risa que se enciende en las paredes y hace retumbar mi corazón es el único motivo por el que estoy luchando.




Por eso podría recordarte cada día con un par de palabras absurdas a cerca de algo que jamás podré explicar del todo, como hacen los necios. Pero yo decido conservarte en cada parte de mí. Para siempre. Guardado como un recuerdo alegre y triste. Indeleble.

domingo, 10 de julio de 2011

Cosas que pasan a las 3 de la mañana...

No puedo mentirme y decir que no te recuerdo, porque me visitas cada noche y acunas mis sueños. Tus manos blancas vuelven a tocarme y por un instante viajo a aquellos tiempos de autopistas incansables, donde tu almohada era mi casa y podía vivir un momento de alquiler en tu espalda.
Me meces por las noches, cuando estoy sola, cuando nada tiene sentido, cuando el techo se hace añicos y se caen de sopetón los mensajes que nunca me atreví a mandarte. Todo lo que no te dije se vuelve en mi contra y me apuñala. Todas tus negativas en un vano intento por desterrarme de tus paraísos y confiscarme el billete de vuelta. Todo, lo tengo aquí guardado, en el fondo de mi pecho para convertirlo en pasado -si algún día encuentro esa fuerza-.
No puedo decir que ya no te echo de menos. Mentiría. Mentiría porque me duermo con tu risa cada noche, pensando cómo sería estar a tu lado y girarnos las ganas y las tornas que nos corresponden,  revolcándonos en un presente más amable que no me deje esperando cualquier limosna. Paseando por Gran Vía, tal vez, si tú quisieras de la mano, terminando en cualquier lugar con tus pasos revolucionando el suelo y los bares.
Pienso cómo sería una vida con tus ojos azules mirándome como nunca jamás lo han hecho, con tu cuarto llamándome, como una vez lo hizo -confundido- para ir aprendiendo cómo matar la soledad que dejan algunas despedidas.
Dan igual los motivos. Lo que me diste aquí se quedó y nadie ha podido llevárselo.
Tampoco recuerdo muy bien cómo soporté el peso de tus ojos mirándome en aquella esquina,  con tu traje de domingo haciendo de esta vida un lugar donde quedarse a vivir, descolocándome las intenciones por completo, haciendo de mis días un libro de aventuras. Creaste un agujero negro, por el cual se sigue colando todo.
No entiendo cómo pude contenerme cuando me mirabas así, porque solo quería decirte salvajadas como dame un solo motivo y lo dejo todo. Tirarte al suelo y acabar con todas las tonterías... y sin embargo me despedí -lo más civilizadamente que pude- ejerciendo el papel costoso de siempre, el de la actriz que desempeña la indiferencia fingida por contener los resquicios de un orgullo que ya no sirve para nada.
Y aún con esas me fui. Quizá tú no sepas nada. Quizá ya no te acuerdes de mí. No quiero pensar que es así porque esa mi peor pesadilla.
Te recuerdo. Quiero que estés aquí conmigo. Sabes que siempre me ha gustado hablar en plata.
Pasa el tiempo como puede, aunque las agujas del reloj estén oxidadas y a veces se atraganten, como ahora. El tiempo ya no da tregua a los papeles cansados... sí, no te debe de extrañar, estos papeles están cansados de oírme hablar de ti. Siempre de ti. Y de arrepentimientos. Al fin y al cabo da igual, nunca los leerás.




Porque no estás, porque te fuiste de pronto,




Y te lo llevaste todo.






Vuelve....

domingo, 3 de julio de 2011

Mar

Yo sé porque los verbos más bonitos
van a bailar en tu cuerpo
y aterrizan despistados
sobre una maleta rebosante de porqués.

No sé donde leí
acerca de lo efímero
pero no lo he comprendido
hasta conocer tus botas
de camino incansable. 


Sólo sé naufragar
porque desde luego
quien dijo que en Madrid no hay mar
nunca conoció tus ojos.