No sé qué pasa en Julio que todas las calles se vuelven amarillas
porque el sol las cubre con su manto polvoriento, tocándolas y ensuciándolas,
el tiempo -nuestro viajero de siempre- se torna hacia ti cuando pasas
los veranos breves de terrazas infinitas son tus manos
y suenan con tu risa, que hoy me duele.
Sólo el tiempo que te he imaginado me costará una vida entera
tendré que vivir de alquiler en cualquier corazón de segunda mano,
de esos que se emplean para limpiar la mesa de pasados y olvidar lo que escarmienta.
Se me coló de sopetón el cielo de Aranjuez por la ventana, y nunca supe desterrarlo
sigo pasando por las tierras prometidas, por la acera de mis sueños que tanto ha presenciado
siempre que cruzo la esquina del Hotel Abba me acechan los mismos miedos:
los de entonces,
los de ahora,
los que no se han ido todavía,
los que aún palpitan
los que recuerdan demasiado
la respiración contenida de tus ojos azules
y la desazón del que sabe que se ha pasado la vida contemplando algo que nunca tuvo.
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