¡Bienvenidos!

Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando por mi viejo dolor como las yedras. Trepan así por las paredes húmedas. Eres tú el culpable de este juego sangriento.


lunes, 27 de septiembre de 2010

Cómo culparle

Cómo culparle si él era como el viento que se despedaza en las montañas. No tenía la culpa de llevar el corazón precintado de amaneceres rotos. No fue más culpa que la del tiempo corrosivo instalándose en sus párpados de plomo azul, siempre condenados a caer. Cómo culparle si siempre fue como la marea, que iba y venía a merced del viento y no pertenecía a nadie ni a nada.






Me enamoré de sus ojos, colocados en su cara como dos fugitivos locos,
De su boca, hecha para sembrar el campo verde.

Me enamoré de su pelo, taza de chocolate caliente que abrasa la garganta del que bebe,
De su nariz, como mirar desde un acantilado con vértigo y respirar luego.

Me enamoré de su cuello, que amenaza la tranquilidad de una cama bien hecha,
De sus pecas que le manchan suavemente, triunfo, bar de ambiente.

Me enamoré de sus manos, tiernas, pequeñas, hechas de luz y fuerza
De sus venas, flujo incesante de calor por donde corre su sangre y mi vida.

Me enamoré de sus brazos, esculpidos en mármol blanco que rugen desde el salón,
De sus hombros, montaña que escalar descalza, confín del mundo.

Me enamoré de su risa, alegre, como una noche de feria,
De su boca, cueva de sueños imposibles, cuerda que me sostiene a la tierra.

Me enamoré de su tripa encarcelada, fortaleza que derribar
espada mortal su ombligo donde me pierdo sin dudarlo.

Me enamoré de sus palabras, que se disparan como un cañón y laten en la revolución, en la forma y en el sentido.
De su respiración agitada que vuela libre.

Me enamoré de sus piernas, luces de cruce para mi camino ciego,
De su mirada, galaxia perdida, aun por explorar.

Me enamoré de sus pasos, huellas mojadas en las calles de Madrid,
De su espalda: tesoro, adjetivo, duda, balanza que mide lo incondicional.

Me enamoré de sus dientes, destello infinito, espejo que refleja la luna creciente.
De su cintura, fuerte debilidad donde soñar amaneceres.

Me enamoré de su respiración en los bares, de su mirada perdida
De su silencio de lija y hierro puro.

Me enamoré de sus manos cuando tallaban mi cara,
De su guitarra seca de versos rotos, que daban vida a la habitación.

Me enamoré de sus sueños que trazaba por mi semblante como un lienzo
De su opinión, martillo estricto que despierta la conciencia de cualquiera.

Me enamoré de su camino a casa: algodón, papel en blanco, miedo, enormidad tirada al suelo.
De su vida, me enamoré de su vida: campo de trigo, barca rota, naufragio sin isla.

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