No puedo mentirme y decir que no te recuerdo, porque me visitas cada noche y acunas mis sueños. Tus manos blancas vuelven a tocarme y por un instante viajo a aquellos tiempos de autopistas incansables, donde tu almohada era mi casa y podía vivir un momento de alquiler en tu espalda.
Me meces por las noches, cuando estoy sola, cuando nada tiene sentido, cuando el techo se hace añicos y se caen de sopetón los mensajes que nunca me atreví a mandarte. Todo lo que no te dije se vuelve en mi contra y me apuñala. Todas tus negativas en un vano intento por desterrarme de tus paraísos y confiscarme el billete de vuelta. Todo, lo tengo aquí guardado, en el fondo de mi pecho para convertirlo en pasado -si algún día encuentro esa fuerza-.
No puedo decir que ya no te echo de menos. Mentiría. Mentiría porque me duermo con tu risa cada noche, pensando cómo sería estar a tu lado y girarnos las ganas y las tornas que nos corresponden, revolcándonos en un presente más amable que no me deje esperando cualquier limosna. Paseando por Gran Vía, tal vez, si tú quisieras de la mano, terminando en cualquier lugar con tus pasos revolucionando el suelo y los bares.
Pienso cómo sería una vida con tus ojos azules mirándome como nunca jamás lo han hecho, con tu cuarto llamándome, como una vez lo hizo -confundido- para ir aprendiendo cómo matar la soledad que dejan algunas despedidas.
Dan igual los motivos. Lo que me diste aquí se quedó y nadie ha podido llevárselo.
Tampoco recuerdo muy bien cómo soporté el peso de tus ojos mirándome en aquella esquina, con tu traje de domingo haciendo de esta vida un lugar donde quedarse a vivir, descolocándome las intenciones por completo, haciendo de mis días un libro de aventuras. Creaste un agujero negro, por el cual se sigue colando todo.
No entiendo cómo pude contenerme cuando me mirabas así, porque solo quería decirte salvajadas como dame un solo motivo y lo dejo todo. Tirarte al suelo y acabar con todas las tonterías... y sin embargo me despedí -lo más civilizadamente que pude- ejerciendo el papel costoso de siempre, el de la actriz que desempeña la indiferencia fingida por contener los resquicios de un orgullo que ya no sirve para nada.
Y aún con esas me fui. Quizá tú no sepas nada. Quizá ya no te acuerdes de mí. No quiero pensar que es así porque esa mi peor pesadilla.
Te recuerdo. Quiero que estés aquí conmigo. Sabes que siempre me ha gustado hablar en plata.
Pasa el tiempo como puede, aunque las agujas del reloj estén oxidadas y a veces se atraganten, como ahora. El tiempo ya no da tregua a los papeles cansados... sí, no te debe de extrañar, estos papeles están cansados de oírme hablar de ti. Siempre de ti. Y de arrepentimientos. Al fin y al cabo da igual, nunca los leerás.
Porque no estás, porque te fuiste de pronto,
Y te lo llevaste todo.
Vuelve....
No hay comentarios:
Publicar un comentario