¡Bienvenidos!

Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Collar, cascabel ebrio para tus manos suaves como las uvas. Y las miro lejanas mis palabras. Más que mías son tuyas. Van trepando por mi viejo dolor como las yedras. Trepan así por las paredes húmedas. Eres tú el culpable de este juego sangriento.


martes, 21 de febrero de 2012

Te esperé como se espera el invierno:
con las manos heladas
cerca de la luz y de la tierra húmeda
con el corazón encogido.

Te esperé por las branquias de tu respiración inmóvil
por las calles de nadie y las esquinas sin pulso,
convertida en almohada
detrás del silencio
cuando la piel se apaga y se quema tu voz.

Te esperé escondida, desordenada, expectante
mientras andas despistado por las habitaciones
hecho de lacerantes placeres
destruidos a la mínima injerencia,
y recuperados tan pronto
como un fantasma: tan breves y blancos

Te esperé con un reproche mudo en los bolsillos
cada cuatro de diciembre
perdiéndote entre gente que no te conoce
con más prisa que el tiempo

Te esperé, vacilante, abrazada a un acantilado
quemando fotografías de una sombra
convertidas en el corpúsculos
que no supieron asumir su equilibrio.

Te esperé por encima de las mentiras,
de la vanidad y de las tardes de domingo,
por la ilusión y la esperanza recuperadas
a medias, en tu cuerpo, y tan completa
siempre dividida entre la intención y tu distancia,

Te esperé, por si regresaba con mis dudas a llamarte
por oírte hablar con tus palabras diferentes,
que son sólo tuyas, segmentadas en caminos
edificadas en la desolación de un nombre escondido.

Te esperé despierta, helada
cada noche de arrepentimientos,
con rencor o sin él ¡qué importa!
proyectando la silueta de tus ojos desnudos
observándome, por un instante
y haciéndome olvidar cualquier desplante.

Te esperé, tras haberme ido mil veces,
por no decirte “hasta aquí hemos llegado, me voy”
porque detrás de eso solo me queda el invierno
y mis ganas gritando como locas,
contrariadas.

Te esperé, te esperé en las tormentas de aquel verano asonante
apoderado de estaciones vacías
cansada del vértigo de tus botas
pero siempre dispuesta a saltar al precipicio.

También intenté buscarte entre la ropa
de alguna maleta extraviada
pero no estabas, así que escribí tu silencio
y dibujé canciones de anestesia
inyectadas de pudor y guerra fría.


Te esperé, en resumen, como se espera el invierno
por la vida y las autopistas, como un objeto perdido
de nadie y de todos
al borde de un mañana sobresaltada por la duda.

Te esperé,
Te esperé siempre.

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